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Mirar desde lejos Por Damián Scarlassa
Vida Cristiana  Dejar un comentario
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En el Siglo XIX unos sujetos llamados Monet, Renoir, Manet y otros nombres así se cansaron de las pinturas de imágenes perfectas que, encima, estaban a punto de ser superadas por la fotografía, y se inventaron un nuevo modo de ver el mundo: Pintaban con pinceladas medio nerviosas de color sobre la tela sin fondo oscuro. En los principales círculos de las artes de la época la cosa no cayó muy bien, y la verdad es que los echaron pulcra y graciosamente de todas las exposiciones.

Los pintores Impresionistas, que en ese entonces no sabían que lo eran, porque el término es posterior, se juntaron y armaron su propia exposición en un espacio al que se denominó el “Salón de los rechazados”. Parece que los Muchachos de la crítica fueron en tropel a ver de qué se trataba aquello, y se encontraron con las pinturas, y con una multitud que había concurrido… a abuchear a los pintores. Ahí nomás hicieron uso de sus respectivos talentos y defenestraron a más no poder a los artistas, a los que trataban como a tontos, cuando los calificativos eran piadosos.

Pasó mucho hasta que a alguien se le ocurrió “mirar desde lejos” los cuadros impresionistas. Y ahí fue cuando se dieron cuenta de que aquello que a simple vista aparecía como un estropicio de pintura sin sentido, o formando bultos apenas identificables se convertía en imagen cuidadosamente trabajada a través de la observación de los efectos lumínicos, el movimiento, la descomposición del color, etc. Para ese entonces, sin embargo, los cuadros de los rechazados ya eran furor en Europa, y costaban mucha plata, mucha.

Reflexiona Ernest H. Gombrich en su “Historia del Arte” que a los críticos que se burlaron de aquellos que crearían uno de los movimientos estéticos más revolucionarios, hubieran hecho un gran negocio comprando por pocas monedas algunas de sus obras. Sin embargo todos ellos hoy habitan en el olvido, compartiendo habitación con los que pagaron la entrada para reírse. Cometieron un muy sencillo error que ustedes ya advirtieron: No haber dado dos pasos atrás para observar desde cierta distancia los cuadros del “Salón de los Rechazados”.

Bien, eso es lo que tengo para decir sobre los pintores impresionistas, además de recomendar algunos cuadros como el de Renoir, “Le Moulin de la Galette”, el de Pissaro, “Le Boulevard Montmartre” o el de Monet, “Boulevard des Capucines”, por decir algunos que a mi me gustan.

En cuanto a lo que ando pensando en torno a esta historia, es bastante. Me pregunto qué pasaría si de un momento a otro apareciera entre nosotros un hombre que nos dice toda la verdad, pero no viste como un importante misionero, no viaja en auto, no habla muy locutorezcamente, no sabe quienes son los famosos predicadores de nuestra época, y encima no estuvo en el último “Megacongreso De Líderes Guerreros Para La Sangrienta Reconquista De La Sagrada Bendición”. Encima no usa traje, y ni siquiera lleva corbata. ¿Le creemos? ¿Le decimos que se vista mejor y vuelva? ¿Lo sentamos en un banco bien oculto en la iglesia? ¿Aceptamos que es Jesús que se da una vuelta para cantarnos algunas verdades?

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No creo que haga falta reiterar que Jesús no vino a la tierra hace tiempo para exhibir la grandeza de su gloria como lo hubieran hecho los hombres. Fue un tipo más en la multitud al que era necesario besar para señalarlo de alguna manera. Pero el carpintero de los milagros, el de la ciudad de la que no podía venir nada bueno, era el Mesías, mirá vos.
Pero sanaba. Pero decía cosas que nadie era capaz de entender del todo. Pero estaba a miles de kilómetros de la línea de pensamiento de su época. ¿Cómo puede ser que nadie se diera cuenta?
Pasaba algo muy sencillo: Los de su época eran medio como vos y yo a veces, como los críticos del impresionismo: Miraban con la nariz pegada al cuadro, y con la nariz pegada al cuadro veían pura raya, pura mancha. No veían la totalidad.

Los Cristianos de los que hablo están empezando a cambiar. Están empezando a ver las cosas con otros ojos. Pasa que el mundo mira con los ojos pegados a la tela, pero no podemos mirar con sus ojos. Sino dónde está la diferencia.

Es necesario entender que la luz no es el resplandor, que el mundo anda medio loco pero nosotros somos o deberíamos ser la razón sin que la razón nos devore. Cristo dio algunos pasos atrás y vio el cuadro desde lejos. El tipo medio muerto que le descolgaban desde el techo de la sinagoga se veía distinto desde cierta distancia. Podía caminar. Desde lejos la Magdalena era santa, Bartimeo veía y vos sos un siervo que alcanza multitudes con una verdad que va a explotar en cualquier momento.

Desde cerca, en cambio, el color se halla desparramado, se halla perdido en manchas, en la basura del pecado que nos araña la espalda, que nos persigue desde la sombra. Desde cerca soy débil, no sé que va a pasar mañana. No tengo más que decir que unas pocas palabras que desde cerca son apenas manchitas sobre un papel en blanco.

Desde cerca no vamos a ningún lado. Mírennos desde lejos y van a ver lo que va saliendo de la unión de estos pobres trazos del creador en la tela del universo. ¿Acaso pensás que el Maestro de los pintores, el que les enseñó a todos los otros, va a poner un trazo de más o de menos en su cuadro?

Yo creo que cualquiera de los grandes de la pintura puede jactarse de su talento, puede elevarse sobre las alturas de la genialidad, hacerles burla a Leonardo y a Miguel Angel, y a todos. Pero una mañana se va a levantar, va mirar el amanecer menos colorido, el menos relevante, el más sencillo, y va a llorar de amargura de impotencia, de saber que jamás va a poder abarcar algo así con su pincel.

Así de sencillo: El que hizo el universo les pasa el trapo a todos.
Vos y yo somos parte del cuadro. Nuestra importancia es fundamental, aunque no lo parezca. Cada detalle es parte de la obra, cada cosa significa algo. Cada debilidad, cada derrota, cada victoria, cada instante, cada sonrisa, cada brillo de tus ojos, todo va y viene desde y por la eternidad de una obra que todavía no termina de pintarse, pero que no tiene un solo trazo de más, una obra que sólo se puede ver desde la distancia.

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