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Tormentas, peces y la presencia de Dios Por Danilo Montero
Fuente: Revista Crónicas | Enfoque Juvenil  (1) Comentario

Durante mi adolescencia acostumbraba asistir al Campamento Nacional de Jóvenes. Al recordarlo, comprendo que aquello era una búsqueda muy sincera, casi angustiosa. Lo digo porque el lugar no era NADA ACOGEDOR. Si no lográbamos llegar temprano, teníamos que ir a lo que llamábamos “el gallinero”: un galerón de madera y techo de zinc en donde podías usar de almohada los pies olorosos de algún desconocido.

Allí teníamos que dormir varias decenas de nosotros acomodados en largas literas. El calor era excesivo, los insectos eran insaciables, las bancas eran duras como piedras, las filas para comer eran largas y los baños… bueno, no había baños… las letrinas, indescriptibles.

A pesar de todo la bendición espiritual era fabulosa. Hubo noches que pasamos en vigilia. Recuerdo las reuniones saturadas de palabra y la visitación de Dios. Puedo decir sin lugar a dudas que esos fueron algunos de los mejores momentos de mi caminar cristiano.

El camino de regreso era buenísimo también. El autobús se llenaba de incansables alabanzas, oraciones, risas y lágrimas. ¡Veníamos llenos! Sin embargo la euforia no duraba mucho. Pocas semanas después, estábamos enfrentando en las reuniones la misma indiferencia que antes. ¿Qué estaba mal? ¿Por qué razón parecía tan difícil sostener las vivencias espirituales?

La Biblia nos relata la historia de un hombre que trató de escaparse del Señor. Su intento nos enseña algo importante: cómo evitar salir de la presencia de Dios. Jonás no era un cualquiera. Era un hombre ungido por Dios y predicarle a la capital del mundo era tarea de héroes en el espíritu, hombres que conocieran a Dios, ungidos, entrenados en los duros campos del Espíritu, gente dispuesta y obediente… La lista se revisó muchas veces. Nadie, en todo el reino, calificaba tanto como Jonás.

Sin embargo la voz de Dios y el reto de la obediencia sacaron a la luz una actitud que había pasado inadvertida por años dentro del corazón del profeta. Probablemente Jonás dijo: “Un momento Señor, ya te conozco, vas a perdonarlos después de que yo predique. No quiero que eso pase. Ese lugar de incircuncisos debe pagar por lo que le ha hecho a tu pueblo”. Parece ser que Jonás era un hombre de pocas palabras; preguntó: “¿y dónde se supone que está Nínive?”.

El dedo de Dios le señaló el camino hacia el este. El hombre se levantó de su silla y corrió calle abajo, hacia el oeste. Compró un boleto ‘one way’ y se embarcó en el primer barco que encontró lo pudiera llevar más lejos.
Sin saberlo Jonás decide temerariamente escapar de su misión, pero más aún, de la presencia amorosa de Dios. Pronto, la piel bronceada del prófugo sintió el impacto frío de las gotas y la fuerte brisa anunció un cambio de planes. En pocos minutos los marineros estarían sosteniendo a Jonás de sus cuatro extremidades y sería lanzado al mar.

Hay ocasiones en que nuestra torpeza para obedecer merece un empujón de parte de Dios. Los empujones de Dios a veces son circunstancias que parecen cambiar el rumbo de las cosas y nos hacen perder el control. Sin embargo, son las excusas de Dios para empujarnos hacia su corazón.
El pez fue la respuesta de Dios a otro de los planes de huída de Jonás. La inmensa boca se abrió y comenzó a empujar cientos de litros de agua hacia el oscuro interior. Si alguien podía sentirse maltratado por la vida y por las circunstancias, ese era él; si alguien podía creerse lejos de Dios ese era Jonás. ¿Qué hubieras hecho en su lugar?

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Muchos dejamos de ir a la iglesia, otros culpamos a Dios; pero el muro que hay entre tú y tu Padre no lo constituye una pila de ladrillos de lugar, tiempo y espacio. ¿Te sientes acorralado por alguna situación? Jonás nunca había estado tan solo, tan lejos del mundo, de la luz y de su destino. Llegó al punto más bajo, donde los amigos no están, al sitio donde las puertas se cierran tras nosotros y las oraciones parecen no resultar. Jonás se volvió hacia su Dios. Su oración es un testimonio, una cantata a la fidelidad de Dios y una confesión… Tres días en el vientre del pez quebrantaron al profeta. Y en el quebrantamiento de su orgullo, encontró liberación.

Jonás no pidió ser sacado de allí, sino que confesó su pecado. La cárcel que lo sostenía no era de piel animal, era de su corazón rebelde. No hay mayor esclavitud que la de aquél que está a merced de su propio egoísmo. No hay mayor libertad que la de aquél que ha rendido su voluntad en las manos de otro… cuando ese otro es Dios. Jonás se dio cuenta que sus ideas eran vanidad, renunció a fiarse más de su carne y tuvo que arrepentirse.

“Más yo con voz de alabanza, te ofreceré sacrificios, pagaré lo que prometí”. Y cuando Jonás dijo eso, Dios lo mandó sacar del pez. ¿Qué es lo que promete un profeta? Lo que tú digas, diré; a donde tú me envíes, iré; lo que tú quieres que yo haga, eso es lo que haré.

Cuando nuestro orgullo, vanidad e incredulidad se confiesan, entonces, viene la vivencia. Puede ser que estés en medio del tumulto de la ciudad o en la quietud de la montaña, Su presencia será tu delicia igualmente. Jonás descubrió que la presencia es mayor que las circunstancias, también aprendió que el corazón del hombre es el único muro que oscurece el resplandor de su presencia; y también pudo entender que para la dureza del alma, Dios tiene la medicina: el quebrantamiento. Y cuando él estuvo dispuesto a admitir su error, la tibia presencia del Padre volvió a revelarse en gracia hacia él.

…Los grillos cantaban su serenata, mientras las luces comenzaban a encenderse a lo lejos de la ciudad. Solía pasar noches enteras en esa quietud y mientras disfrutaba el olor de los olivos viejos, su alma saboreaba la fragancia de la presencia tierna del Padre. Había sido un jardín de refugio… pero esta noche su único albergue sería la oración. Sus amigos roncaban, su alma temblaba, su compañera era la soledad. La plegaria se hizo angustiosa, tanto que entre gritos y sollozos su frente se bañó de un sudor sangriento.

El dilema humano gritó desde el corazón de Dios. Jonás lloraba encerrado en un pez por desobediente, Jesús clamaba encerrado en un cuerpo mortal por obediencia. El pulso acelerado en la tierra, los ángeles de pie en el cielo. NUNCA NADIE ESTUVO MÁS SOLO, sus amigos huirían, su nación lo condenaría.
El pasado y el futuro pesaban sobre Él. No era el horror de los clavos, ni el dolor de los golpes lo que le angustiaba. Tampoco la vergüenza de la cruz o lo ingrato del azote. Las espaldas del Padre eran su agonía. Conocer lo que el Dios-hombre no conocía, el rechazo de Dios era la muerte misma.

Al colgar en la cruz y beber la maldición del pecado, Jesús sabía que lo último que verían sus ojos físicos sería el triste silencio y la espalda del Padre, y entonces la muerte vendría. “Más no mi voluntad, sino la tuya”… la respuesta esperada. La voz corrió tan rápido como la luz e iluminó los cielos con alabanzas y el infierno llenó de temor. Una sonrisa se pintó en el rostro del Padre y una lágrima corrió por su mejilla.

Ahora el ‘cordero’ de Dios estaba listo para el sacrificio final. En su entrega, Jesús como Dios-hombre, descubrió el poder de la presencia de Dios. Los calambres crueles de la muerte no pudieron sacarle siquiera un gemido. ESTABA ENVUELTO POR LA GRACIA DE LA PRESENCIA DEL PADRE. Esa presencia era su fortaleza ante la aflicción, su consuelo ante el dolor, su apoyo ante el rechazo… y fue su última ofrenda ante la muerte misma.

Colgado del madero y agonizante dijo: “en tus manos encomiendo mi espíritu… ¡TODO ESTÁ CONSUMADO!”. De inmediato, el velo del templo respondió a su grito y partiéndose de arriba abajo, nos dejó libre la entrada a la presencia de Dios. EL MURO CAYÓ. ¡Aleluya! Cuando Jonás entregó su orgullo, las circunstancias dieron paso a la presencia de Dios. Cuando Jesús entregó su voluntad, nos abrió camino al corazón de Dios.

Cuando tú y yo rendimos nuestra vida diariamente a Dios, la realidad de la presencia del Padre con nosotros nos será develada. Las circunstancias no podrán alejarnos más… nuestros corazones permanecerán ligados al abrazo de su amor que todo lo ha vencido.

“Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro”.

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Una respuesta a “Tormentas, peces y la presencia de Dios”

  1. Carlos Gómez dice:

    Esto describe cómo me estoy sientiendo exactamente ahora! Gracias a Dios porque su palabra llega puntual.

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